EL TEMPESTAD
La
Tormenta De Los Mares
Después de haber saqueado la
ciudad portuaria de Quishn, en Yemen, en la península arábiga, el capitán Frans
Leeuwenhoek comanda a su barco El
Tempestad y a su tripulación hacia Mumbay, en la India, donde tienen planeado
robar el puerto más grande de la costa de Kerala, donde atracan los barcos
mercantes provenientes de África, cargados de oro y joyas.
El capitán Leeuwenhoek es
pirata desde hace trece años; malvado, vil y sanguinario se ha ganado fama en
todos los mares. Saqueando ciudades y asesinando a sangre fría hombres, mujeres
y niños en su afán de poder. Ha forjado su reino de terror a bordo de un galeón
del siglo XVII, el cual lleva flameando una gran bandera negra atravesada por
el dibujo de un puñal escarlata, como símbolo del mal que la embarcación
transporta.
Antes de convertirse en
pirata, Leeuwenhoek pertenecía a la marina de Holanda, era almirante y tenía
bajo su mando a los mejores hombres y los más poderosos navíos del país.
Llevaba una buena vida; dinero,
privilegios, todo lo que deseaba a cambio de los mejores resultados en las
batallas.
Hace quince años, en un
enfrentamiento con las fuerzas navales noruegas que tuvo lugar en el frío Mar
del Norte, Leeuwenhoek fue derrotado. Los noruegos incendiaron el puerto
holandés, los astilleros y muchas casas y edificios de la ciudad costera.
El gobierno holandés, no
habituado a las derrotas acusó a Leeuwenhoek de no haber hecho todo lo posible
para evitar la invasión y de ser aliado de los noruegos. Fue destituido de su
cargo y expulsado de la ciudad.
Leeuwenhoek sin un lugar a
donde ir, sin alguien en quien confiar se las arregló para pasar la primera de
muchas noches como trotamundos.
Sentado en el banco de la
plaza central, bajo una leve llovizna, no dejaba de pensar en aquel fallo
injusto por parte de la corte holandesa. Pensaba como podían haberle hecho eso,
después de todo lo que él había sacrificado por su país.
Esa misma noche, iracundo y
con su corazón acongojado por la traición, se entregó al mal, jurando venganza
hacia todos aquellos que lo acusaron de conspirar contra su patria.
Unas horas después había
secuestrado un barco de la armada equipado con varios cañones. Comenzó a
disparar a las casas que tenía a su alcance, a los comercios del puerto y a las
personas que allí caminaban. Riéndose y gozando de sus actos, agarró un rifle
que había en la cubierta y descargó sus balas en los policías que intentaban
proteger a la gente.
Leeuwenhoek zarpó en la
madrugada y jamás lo volvieron a ver por aquellos lugares. Robando en distintas
ciudades supo hacerse con riquezas invaluables y con una de las tripulaciones
más peligrosas, formada por los criminales más perversos que se recuerden.
Ese barco secuestrado es
ahora el galeón mas temido de los mares y navega comandado por el bandido más
pérfido y traicionero que a surcado casi todas las aguas del mundo, sembrando
el terror y el miedo a donde quiera que vaya.
Han pasado cuatro días desde
el asalto en Yemen y Leeuwenhoek, haciendo girar un viejo globo terráqueo advierte
que están cerca de la isla Socotra. Piensa que no seria mala idea hacer una
visita a sus habitantes. En esa isla se encuentran los pastores de Arabia, que
crían enormes rebaños de ovejas que servirían perfectamente como fuente de
carne, además la tripulación se encuentra escasa de vino y licores, por lo
tanto decide hacer una parada allí.
En los muelles de Quaysoh,
en la isla, los pescadores amarran los botes pesqueros y se preparan para
descargar lo que han obtenido en el mar.
Uno de los navegantes,
mientras sostiene una gran red de pesca, divisa una figura oscura que se acerca
a gran velocidad. Sabe que es un barco, pero no sabe que pertenece a los
piratas más crueles del océano.
Los pescadores siguen en sus
tareas sin alterarse por la presencia del navío que se aproxima.
A medio kilómetro de la
bahía de Quaysoh El Tempestad ya es perfectamente distinguible y la bandera que
flamea en el extremo del mástil mas alto anuncia lo que está llegando.
Los pescadores se preparan
para hacer frente a la invasión; las mujeres con sus niños se ocultan en las
casas y edificios cercanos, los hombres toman las armas que tienen a su
alcance, alistan dos pequeños veleros que podrían enfrentarse a la nave pirata;
se ubican en posiciones estratégicas y aguardan el momento para atacar.
Ahora con El Tempestad mas cerca, los marineros se
asombran por su magnificencia. Notan una gran embarcación de color negro, con
gigantescas velas blancas con detalles en rojo y una insignia que ondea al
compás del viento, anunciando al mismo terror.
Las baterías de cañones
dispuestas en los dos pisos del barco, asomándose a través de pequeñas
compuertas en el casco y las carronadas, morteros con plataforma deslizante
sobre ruedas de madera, dispersas por toda la cubierta demuestran el gran poder
destructivo de la embarcación. En el extremo de la proa ven a un hombre
señalando con una espada hacia delante, vestido de blanco, con una capa que es
sacudida por la brisa marina y que en su cabeza lleva puesto un sombrero negro
en forma triangular.
El miedo y la desesperación
se apoderan de los pescadores que están apostados en el muelle. La tensión en
el aire se hace cada vez mas extrema y amenazante; el navío sigue
aproximándose, ahora a menor velocidad.
Todos los hombres de
Leeuwenhoek están en sus puestos, listos para atacar, atentos a la señal de su
capitán.
En el amarradero todos
observan con pánico el detenimiento del galeón pirata a unos doscientos metros
de la costa y el movimiento que hace con el brazo que sostiene la espada, el
hombre que está en la parte anterior del buque.
El Sol emanando un
resplandor escarlata, daba la despedida al atardecer.
Los cañones de El Tempestad estallaron en un frenesí de
destrucción. Los piratas apuntaban los cañones a las precarias edificaciones de
madera del mulle, haciéndolas explotar. Los pescadores disparaban al barco
invasor, intentando acertar en alguno de sus tripulantes.
Los marineros a bordo de los
diminutos veleros disparaban con sus rifles a la bestial embarcación,
pretendiendo, al igual que sus compañeros en tierra, causar algún tipo de daño.
Pero todo era inútil; El Tempestad
estaba equipado con lo mejor de la armería de asalto de la época y eran muy
pocos los barcos que eran capaces de hacerle frente.
El muelle, fue destruido
casi por completo, todas las personas que allí estaban murieron por las
explosiones y el fuego que se generó, las dos pequeñas galeras fueron hundidas
por los impactos de las balas de los cañones y sus tripulantes murieron
ahogados; solo quedaron algunas barcasas pesqueras a flote, como testigos del
feroz ataque.
Leeuwenhoek ordenó a toda su
malvada tripulación que bajen los botes para ir a la costa.
Con el capitán a bordo de
una de las barcas, se dirigieron hacia el muelle destruido, desembarcaron y
comenzaron a caminar por las estrechas calles empedradas con sus espadas y
revólveres en las manos sucias de pólvora.
Los peligrosos piratas
llevaban bolsas de arpillera, donde ponían comida, botellas de vino y todo lo
que consideraban de valor. El capitán caminaba deprisa, acompañado por dos de
sus hombres, empuñando un revólver de madera y plata, mirando a través de las
ventanas de las casas y las cantinas.
De repente, salido de la
nada apareció un lugareño que portaba una vieja carabina. Apuntaba a los
invasores gritándoles y haciéndoles ademanes que Leeuwenhoek y sus hombres no
entendían, ya que no conocían el idioma de la isla.
Uno de los piratas sacó de
entre sus ropas un puñal y antes de que se den cuenta todos los demás
presentes, el aldeano tenía la garganta atravesada por la daga.
-
Muy bien señor Smith. Es bueno tenerlo a mi lado.
Dijo el capitán, mirando con
asco al hombre apuñalado que trataba de respirar y se desangraba lentamente
sobre el empedrado.
Un grito lejano alerta a
Leeuwenhoek.
-
¡Capitán!
¡Muchachos! ¡Vengan a ver esto! ¡Rápido! ¡Por Acá!
El capitán corrió con sus
acompañantes hacia la voz que los guiaba a través de unos pasajes entre los
derruidos edificios.
-
¡Por acá! ¡Dense
Prisa!
Agitados los dos piratas y su jefe llegaron al pórtico de
una iglesia. Allí los esperaba un camarada, que les hacía señas para que se
acerquen a ver lo que había encontrado.
-
Hoy es nuestro día de suerte.
Dijo el capitán con cinismo.
Esta noche parece que habrá fiesta en El
Tempestad.
Los tres piratas se reían a
carcajadas como borrachos desquiciados.
-
¡Silencio!
Bramó Leeuwenhoek. Las risas
y los alaridos cesaron de inmediato. El viento rugía y se escuchaba como
rompían las olas a lo lejos contra las ruinas del muelle. El aire comenzaba a
enfriarse por la lenta retirada del Sol del atardecer.
Dentro de la iglesia había
al menos unas doce mujeres, tres niños y seis niñas; las edades de estos
últimos rondaban los diez años.
Se habían ocultado dentro de
la iglesia, pensando tal vez, que los piratas nunca entran a lugares religiosos
por las supersticiones. Todos ellos temblaban del miedo y tenían en sus caras
una expresión de terror que alimentaba la maldad de los malvivientes.
-
Señor ¿Qué hacemos con estas personas?
Preguntó el hombre que las
había encontrado.
-
Ustedes dos vengan conmigo. Llevaremos al barco a
estas damas con los infantes y tu Smith, busca a los demás. Carguen todo lo que
puedan en los botes y aborden rápido la nave. Esta misma noche debemos zarpar.
No podemos perder mucho tiempo en esta roñosa isla.
Leeuwenhoek y sus lacayos se
dirigieron al galeón junto con sus nuevos rehenes que no tenían idea del horror
que les aguardaba a bordo de El Tempestad.
Cayó la noche y en el barco
todo era fiesta y jolgorio. Los piratas que se habían quedado en la isla
encontraron centenares de botellas de vino, cerveza e incontables kilos de
carne de oveja, suficiente para alimentarlos por semanas. El cocinero del barco
asó varias piezas de carne que los marineros disfrutaron junto con el vino y
las demás bebidas.
En el momento en que todos
estaban presos del éxtasis que les producía el alcohol, el capitán se puso de
pie y exclamó silencio.
-
Este atraco a la isla fue muy provechoso. Propongo
un brindis por el éxito.
Todos a bordo comenzaron a
gritar.
-
¡Viva el capitán!
-
¡Larga vida al
señor de los ladrones del mar!
Uno de los piratas se le
acercó a Leeuwenhoek para preguntar:
-
Señor ¿Qué hacemos con las mujeres y los mocosos?
-
Hagan lo que quieran. Me voy a dormir y al amanecer
no quiero ver a esas basuras a bordo de mi barco.
-
Entendido.
El pirata esparció la orden
de su capitán y el terror de desató en El
Tempestad.
Los niños fueron degollados
frente a sus madres y arrojados al mar; las niñas fueron azotadas y también las
arrojaron al agua. A las mujeres las golpearon y violaron sin compasión.
Amanece sobre el Océano
Índico. Los piratas han asesinado a varias de las rehenes y las que quedan con
vida son obligadas a caminar por la pasarela hasta caer al mar.
A kilómetros de la isla El Tempestad navega sin problemas, se
mueve a gran velocidad, como si los marineros que controlan su marcha,
estuvieran ansiosos por llegar a un lugar que ni ellos conocen.
Leeuwenhoek, de pie junto al
marinero que comanda el timón, sosteniendo en su mano derecha una brújula, hace
algunas indicaciones para orientar el barco hacia su destino, la India.
- Marinero, treinta grados a
estribor. Mantenga velocidad.
En el extremo del segundo
mástil mas alto, sobre una plataforma, se encuentra apostado y sosteniendo un
catalejo contra su ojo izquierdo el marinero con mas conocimientos sobre
navegación de toda la tripulación, el señor Stewart; excelente contrabandista
buscado en varias ciudades de Europa.
Stewart observa hace dos
horas muy atento, los movimientos de un barco mercante a tres kilómetros de El Tempestad. Está esperando el momento
oportuno para dar aviso a los demás, ya que cerca de ese navío se encuentra una
galera de la armada inglesa que podría ser peligrosa.
-
¡Muévanse asquerosas ratas! ¡Limpien la sangre de la
cubierta! ¡Quiero reflejarme en la madera! Inútiles.
Gritaba el capitán mientras caminaba por la cubierta
del barco mirando hacia el horizonte aparentemente vacío.
-
¡Capitán!
¡Capitán! ¡Aquí arriba!
-
¿Qué sucede señor Stewart?
-
A poco mas de dos
kilómetros hay un barco mercante navegando a baja velocidad. Cerca de él hay una
galera inglesa.
-
¿Usted propone atacar?
-
Podría resultar
beneficioso hacerse con lo que transporta.
-
Me agrada la idea.
-
Pero...
-
¿Pero qué?
-
El otro barco. Es
de la armada inglesa. Puede ser peligroso.
-
Nada es suficiente amenaza para El tempestad. ¡Guíenos señor Stewart!
-
¡Si mi capitán!
¡Veinte grados a babor!
-
¡Ya escucharon Marineros! ¡A toda marcha! ¡Y
alístense en sus puestos que vamos tras un navío mercante!
Ordenó Leeuwenhoek, eufórico
por el hallazgo.
Todos los piratas a bordo
del galeón se prepararon para el asalto al barco mercante; aliñaron los
cañones, las carronadas y cargaron rifles, carabinas y revólveres.
Stewart, con El Tempestad mas cerca del objetivo y
haciendo uso de su catalejo, puede observar con detalle la nave mercante y a
sus tripulantes.
-
¡Capitán! ¡Puedo
ver el nombre del barco! ¡Lucero Plateado!
-
Muy Bien señor Stewart. ¿Puede decirme cuantos
hombres hay a bordo?
-
¡Debe haber unas
veinte almas en cubierta! ¡No veo cañones!
-
Excelente. ¡Ya casi nos acercamos Señores! ¡Estén
listos para la embestida!
En el Lucero Plateado, los marineros se han percatado de la presencia de
sus seguidores y se están preparando
para enfrentar a los piratas.
El contramaestre a bordo del
barco comienza a organizar a su tripulación para la arremetida del navío negro,
que se aproxima amenazante a gran velocidad.
Un marinero asustado se
acerca al contramaestre.
-
Señor. Los ingleses se están alejando rápidamente de
nosotros. ¡Nos están abandonando!
-
Son unos cobardes. Pero no me asombra. El gobierno
inglés siempre evita las confrontaciones marinas por miedo a perjudicar su
comercio.
No se preocupe
hombre. Defenderemos la nave con todo lo que tenemos. ¡A toda marcha!
-
Si señor. Lo que usted diga.
Respondió el marinero,
desconfiando de la palabra de su superior ya que un barco que solo transporta
bienes y alimentos no posee armamento para hacer frente a los ataques de los
ladrones que viajan en tanques de guerra marinos. Solo hay algunos rifles y
arpones en las bodegas que son prácticamente inútiles para evitar asaltos.
La tripulación de El Tempestad está ansiosa por
interceptar al Lucero Plateado.
Si bien la nave pirata posee
gigantescas velas siempre desplegadas, El
Tempestad está equipado con dos poderosos motores que mueven dos turbinas
que impulsan el barco a velocidades poco comunes en los grandes navíos de la
época; las velas reciben un mejor uso cuando hay escasez de combustible.
El agua es rebanada por el
filo del borde del casco, salpicando la cubierta como si lloviera.
- ¡Capitán! ¡La nave inglesa se aleja a toda velocidad del barco
mercante!
-
Sí. Lo estoy viendo. Los
ingleses son muy cuidadosos de los problemas que puedan arruinar los pactos
comerciales. ¡Esto es mucho mejor de lo que esperaba!¡Ya casi nos acercamos
señores! ¡Tengan listas las armas!
En el Lucero
Plateado todo es pánico y descontrol.
-
¡No pierdan la calma marineros!
Gritaba el contramaestre tratando de
tranquilizar a sus hombres.
-
¡Señor! ¡Los tenemos encima!
Aterrado, el Contramaestre dio su última
indicación.
-
¡Defiendan la Nave! ¡Defiendan
la Nave! ¡Disparen! ¡Disparen!
EL Tempestad se ubicó sobre el lado
izquierdo del Lucero Plateado y sus
cañones descargaron la furia de la pólvora y las grandes balas de metal que
atravesaban el casco del barco mercante como sí fuera de madera balsa. Se
produjo un tiroteo entre las tripulaciones, pero estaba claro que los piratas
tenían las de ganar. Estaban infinitamente mejor armados.
Desde la cubierta de su barco,
Leeuwenhoek con sus dos pistolas de madera y plata, repartía balas a los
marineros de la otra nave que tenía a su alcance.
-
¡Listos ganchos y sogas!
¡Prepárense para el abordaje!
Ordenó el capitán pirata que parecía
fuera de sí.
Sus hombres arrojaron sogas atadas con
ganchos hacia la cubierta del Lucero
Plateado y comenzaron a pasar sujetos a las cuerdas de un barco al otro con
sus armas colgando en sus espaldas.
Asesinaron a toda la tripulación del
barco mercante. Robaron toda la comida y los objetos de valor que encontraron.
Como festejo por su victoria incendiaron
el Lucero Plateado casi destruido y mientras
se alejaban a bordo de El Tempestad,
los bandidos contemplaban como se hundía, envuelto en llamas, con los cadáveres
de sus tripulantes en su interior.
-
Verdaderamente es un lucero,
pero incendiado.
Dijo uno de los piratas. Los demás
estallaban en carcajadas.
El capitán observaba de pie el
espectáculo desde el extremo de la popa, limpiando una de sus armas con un
pañuelo manchado con sangre.
Unas horas después todos volvieron a sus
tareas habituales, los piratas guardaron los elementos de valor en una bodega,
donde almacenaban las riquezas que obtenían en sus atracos y los alimentos que
encontraron se los entregaron al cocinero para que prepare una gran cena para
celebrar el triunfo, como de costumbre.
Esa noche los malvados bucaneros comían,
cantaban y se embriagaban; también hacían apuestas en las peleas que se
generaban entre ellos en la cubierta del barco.
Leeuwenhoek disfrutaba de una botella de
vino, acostado en su cama, sobre una frazada de terciopelo rojo, mirando el
cielo estrellado a través de la escotilla de su camarote, pensaba como la vida
le estaba devolviendo de a poco todo lo que
perdió hace quince años.
Alguien golpea la portezuela del
camarote.
-
Señor. ¿Está durmiendo? ¿Puedo hablar con usted? Soy Cortés.
-
Adelante. Puedes pasar Felipe.
A pesar de que Leeuwenhoek es malvado y
cruel, siempre trata de mantener la seriedad con sus hombres. Él piensa que al
tratarlos bien y mostrarse tranquilo, evita conflictos que podrían perjudicarlo
o desencadenarían actos de traición por parte de alguno de sus marineros.
Además Leeuwenhoek nació en el seno de una familia aristocrática y nunca olvida
las costumbres de buen comportamiento y
modales que le fueron fijados de niño.
Felipe se unió a la tripulación hace doce
años cuando El Tempestad hizo una
parada en la estación marítima de Málaga, en el sur de España.
Leeuwenhoek estaba en un bar bebiendo
cerveza, sentado junto a una ventana que daba a la calle. Vio pasar corriendo a
un hombre y dos policías que lo perseguían. El hombre fue acorralado en un
callejón, los policías amenazaban con disparar si no se entregaba.
-
¿Que sucede aquí? Preguntó
Leeuwenhoek.
Los dos agentes se sobresaltaron al
escuchar la voz que les hablaba porque no habían visto a nadie cerca de allí.
-
¡Aléjese! Este individuo es muy
peligroso.
Advirtió uno de los policías.
-
¿Qué hizo para ser peligroso?
¿Robar verduras?
-
Esto a usted no le incumbe.
-
Me parece que dos contra uno...
no es justo.
-
¿Qué dice? Váyase de aquí o
también lo arrestaremos.
-
No lo creo.
Leeuwenhoek desenvainó un sable que
estaba oculto por su capa. El hombre en el fondo del callejón miraba atónito
como el sujeto con capa y sombrero exterminaba a los dos policías con
movimientos rápidos y precisos. Los agentes no tuvieron oportunidad de
defenderse.
-
¿Se encuentra bien?
-
Si. ¡Eso fue extraordinario!
Gracias.
Respondió con alegría el sujeto, soltando
las hortalizas que tenía en las manos.
-
No es nada. No me agrada la
policía. ¿Robas para dar de comer a tu familia?
-
No tengo familia. Robo para mí.
-
¿Le interesaría ser parte de mi
tripulación? Soy el capitán de un gran galeón.
-
¿De verdad? Porque eso sería
grandioso.
-
Debo decirte algo más. Soy
pirata. Quizás el más buscado.
-
No me importa. Si quiero ser
parte de tu tripulación. Perdón. ¡De su tripulación señor!
-
¿Cómo te llamas?
-
Felipe Cortés.
Desde ese día Cortés se ha convertido en
la mano derecha de Leeuwenhoek y solo él tiene permitido entrar en su camarote.
Además es al único de sus piratas que lo llama por su nombre.
-
Señor, cuando registrábamos los
compartimentos del barco que destruimos, en el cuarto de mando encontré esto.
Cortés sostenía un periódico arrollado
para que nadie de la tripulación pudiera ver el gigantesco título de la
portada.
-
A ver que tienes ahí Felipe.
Leeuwenhoek leía con detenimiento la noticia, luego se volvió
hacia la fotografía que abarcaba gran parte de la página principal. En ella
había una bella mujer en un muelle, de pie, sosteniendo una espada junto a un
barco anclado.
-
Interesante. Nunca pensé que lo
lograrías.
Decía tocando con su dedo índice el papel.
-
Señor. ¿Usted conoce a esa
mujer?
-
Su nombre es Annita Turner.
Tuvimos una corta historia hace tiempo. La conocí en Portugal hace veinte años,
cuando pertenecía a la marina holandesa. Ella era capitana de una pequeña
galera de la armada alemana. Una vez me dijo que algún día se convertiría en la
pirata más buscada del mundo. No le agradaba mucho pertenecer a la marina
bienhechora. Ella quería aventuras y peligros constantes.
-
Parece que lo consiguió. Asaltó
nuestro muelle en la India.
-
No importa. Pronto llegarán
nuevos barcos desde África y con el muelle debilitado por nuestra amiga será
más fácil hacernos el botín.
-
Tiene toda la razón señor.
-
Puedes retirarte.
El marinero cerró la puerta y Leeuwenhoek
se quedó solo en su camarote, mirando la imagen de esa mujer. Minutos después
se quedó dormido.
A la mañana siguiente solo algunos de los
piratas estaban en la cubierta, limpiaban y tiraban al mar la basura; los demás
seguían durmiendo. Stewart, el experto en navegación, estaba en su puesto,
apostado sobre una pequeña plataforma en el extremo de uno de los mástiles, con
su catalejo, un pequeño sextante y una brújula que le servia para marcar el
curso.
Stewart observaba el firmamento, que a lo
lejos se tornaba gris y sombrío.
Es una tormenta monzónica, común en estas
aguas aunque muy peligrosa para los barcos, ya que la fuerza del viento genera
grandes olas capaces de tumbar buques de carga.
Leeuwenhoek emerge de su camarote
pidiendo a todos que se reúnan en cubierta.
-
Felipe. Despierta los demás y
diles que se presenten. YA.
-
Enseguida señor.
Minutos después todos estaban frente a su
capitán a la expectativa de lo iba a decir.
-
Señores. Han sucedido eventos
que me obligaron a cambiar de planes. La gema que buscábamos fue robada. Por
“otro” pirata.
-
¡Hallémoslo y matémoslo!
-
¡Sí! ¡Robémosle la joya! ¡Y
colguémoslo de la punta del mástil mas alto de nuestro barco!
Los hombres de Leeuwenhoek gritaban,
insultaban, se habían puesto furiosos por la humillación que sentían.
-
¡No! No perderemos tiempo
buscando a un principiante con suerte y que solo tiene una piedra de poco
valor. Tengo una idea mucho mejor. Según mis cálculos nos encontramos aquí.
Leeuwenhoek desplegó un planisferio sobre
unos barriles y señalaba un punto en el Océano Índico.
- Catorce grados latitud norte, sesenta y siete longitud este.
Estamos mas cerca de las costas de la India. Si no me equivoco, manteniendo la
velocidad y el curso, en tres días podríamos llegar a Panaji. Es una vieja
ciudad portuaria donde podríamos asaltar el puerto, conseguir provisiones,
combustible y lo que nos haga falta.
Stewart se acercó preocupado al capitán,
sosteniendo un trozo de papel en el que había escrito números y coordenadas.
-
¿Qué le sucede Stewart?
-
Señor. Se nos acerca una
tormenta. Calculé la velocidad con que nos movemos y la distancia a la que
estamos del tifón. Esta noche podríamos pasarla muy mal.
-
¡Señores ya lo oyeron! Amarren
todo en cubierta. Cierren las escotillas del casco y estén preparados.
Los marineros comenzaron a moverse
inmediatamente, alistando todo para la turbulencia que los vientos monzónicos
generarían esa noche.
Leeuwenhoek se fue a su camarote. Ya en
su cubículo, tomó la página del periódico donde estaba la fotografía de la
pirata que se le había adelantado; le echó una última mirada, la arrolló y la
metió en una botella que arrojó por su escotilla al mar. Él se quedó sentado,
frente a su escritorio, haciendo medidas y cálculos sobre un mapa hasta pasada
la tarde, quería asegurarse que no hubiera errores en el viaje programado.
Comenzó a anochecer; los nubarrones
negros y espesos taparon a las estrellas, el viento soplaba con mas fuerza y ya
se observaban resplandores en el cielo que presagiaban el peligro del monzón.
Leeuwenhoek estaba junto al marinero que
controla el timón, mirando como el cielo negro se traga al mar en el horizonte.
Segundos después es sobresaltado por el llamado desesperado de Stewart, que
soporta allí arriba, las ráfagas frías, amarrado con una soga al mástil.
-
¡Capitán! ¡No me lo va a creer! ¡Adelante hay un gran barco!
-
¿Está lejos? ¿Qué tipo de nave
es?
-
¡Es un galeón! ¡Similar al nuestro!
-
¿Numerosa tripulación?
-
¡No lo sé! ¡No logro ver bien!
-
¡Todos a sus puestos de
combate! ¡Tenemos un barco!
Como es de costumbre, los hombres de
Leeuwenhoek atienden a las órdenes inmediatamente y más cuando se trata de
atracar embarcaciones o combatir, ellos disfrutan destruyendo, robando y
matando; cualquier oportunidad que se presenta y que incluye destrucción de
algún tipo es buena para estos piratas. Ni siquiera la amenaza de una tormenta es
suficiente para detenerlos.
En el barco que Leeuwenhoek acecha, los
marineros están ocupados asegurando las velas, las escotillas y todo lo que
puede resultar dañado por la salvaje marejada; no tienen idea de que son
perseguidos por malvados y codiciosos bucaneros.
Uno de los marinos estaba sujetando con
cadenas unas cajas de madera en la popa y sin desearlo se percató de algo que
se acerca. No podía distinguirlo bien, se quedó mirando con detenimiento. Un
marino que andaba cerca, vio a su camarada esforzándose por ver algo en la
oscuridad, le llamó la atención y se le unió.
-
Tomas. Eh Tomas. ¿Qué miras?
-
Allí hay algo.
Señalaba con su brazo extendido hacia la
negrura.
-
Debes haber visto la silueta de
una ballena.
-
No. Creo que es un barco.
-
No creo que haya otro barco
cerca. Con esta tormenta nadie quiere navegar. Debemos ser los únicos idiotas
aquí.
-
Tráeme un catalejo. ¡Apúrate!
-
Toma, aquí tienes.
En cuanto el marino pudo enfocar y ver lo
que los persigue se quedó petrificado. Su compañero no entendía lo que le
ocurría.
-
Tomas. ¿Tomas que pasa? ¿Qué
ves?
-
Barco pirata.
Pronunció tembloroso.
-
No te entiendo. ¿Qué dices?
-
Barco pirata.
-
Haste a un lado y déjame ver.
-
¡Maldita sea! ¡Barco pirata!
¡Barco pirata!
Comenzó a gritar despavorido el marinero
mientras señalaba en dirección a El
Tempestad. Toda la tripulación enloqueció, el capitán se dirigió a la popa
para observar. No podía concebir que esos piratas tenían deseos de causar
problemas a pesar de las terribles condiciones climáticas.
El
Tempestad se aproxima rápidamente al galeón, los
piratas ya están listos, dispuestos a todo por algo más de dinero y vino.
La noche ya es un hecho. El viento ruge y
golpea con fuerza las velas de los barcos. La lluvia y el granizo que
comenzaron a caer, castigan a todos los marineros; Stewart no soportó mucho más
en lo alto del mástil y descendió a cubierta para alistarse. Leeuwenhoek armado
con sus dos pistolas está ansioso de conocer y asesinar al capitán del barco
que persiguen.
En el navío víctima, todos están atentos
a los movimientos de sus perseguidores, que se acercan por el lado derecho para
ponerse en paralelo y atacar, una maniobra muy utilizada en las batallas
navales.
La tormenta gana fuerza rápidamente, las ráfagas de viento golpean a los barcos
con la furia de una manada de bueyes desbocados, las olas son mas altas y
poderosas, hacen que las naves se tambaleen bruscamente, algunas cajas y
barriles a bordo de El Tempestad
prácticamente levantan vuelo. Todos los hombres resisten en sus puestos, ya
falta muy poco para el contacto.
En el otro barco la situación no es muy
diferente, los marineros están preparados con sus cañones y ametralladoras,
listos para recibir a sus atacantes. Están bien armados porque pertenecen a la
armada española, para Leeuwenhoek será problemático vencerlos.
Luego de la difícil persecución El Tempestad finalmente alcanzó a sus
víctimas; y como era de suponerse se posicionó en paralelo al barco español, en
lado derecho.
-
¡¿Listos señores?! ¡Ataquen!
Ordenó Leeuwenhoek a sus excitados
piratas.
En el otro barco los cañones y las armas
de los marineros descargaban todo su poder sobre la nave pirata y esta
respondía con la misma violencia. En la espesura de la noche sobre un mar
agitado, solo se escuchaba el estruendo de las explosiones de la pólvora y se
veía el resplandor de los rayos y de los cañones, que iluminaban la silueta de
los navíos.
-
¡No se detengan! ¡Continúen
atacando a esas ratas!
Gritaba el capitán español.
-
¡Destruyan a esos malditos!
¡Hundan ese barco!
Exclamaba Leeuwenhoek mientras disparaba
sus armas contra los marineros de la nave contraria. El viento y la lluvia
habían cobrado una fuerza antes jamás vista por los marineros de los barcos, el
fragor de los truenos era ensordecedor y se fusionaba con los cañones que los
piratas y los marinos españoles que no dejaban de hacer estallar. Ninguna de
las dos tripulaciones estaba dispuesta a dejarse vencer.
Pero en su afán de victoria nadie se
percató del monstruo que se estaba formando muy cerca. La corriente monzónica
es famosa por generar tornados en el agua, varias veces más potentes que los
que se desatan en tierra.
El tubo de agua que giraba a más de
doscientos kilómetros por hora se dirigía hacia las naves que no dejaban de
disparar sus cañones; de repente un gran relámpago reveló a la bestia, que se
acerca rugiendo sobre el agitado océano, desde el sudeste, detrás de los
barcos.
Uno de los hombres de Leeuwenhoek lo vio
y dio el aviso, pero nadie lo escuchó, el estampido de la batalla ahogaba la
voz del pirata. Un nuevo relámpago iluminó al ciclón; aterrado, el pirata gritó
nuevamente con todas sus fuerzas. Esta vez algunos lo escucharon pero ya era
tarde.
La fuerza devastadora del viento y el
agua que giraban a una velocidad vertiginosa, arrasaron con los dos navíos.
El barco español fue destrozado en
milésimas de segundos; El Tempestad, fue
tragado por el tubo de agua y elevado por el aire con todos sus tripulantes a
bordo.
Mientras giraba en el interior del
embudo, era despedazado por la presión del viento y del agua. Los restos de la
nave fueron arrojados al mar junto con algunos marineros, entre ellos
Leeuwenhoek.
El tornado siguió su marcha hacia la
costa india, alejándose a gran velocidad de los despojos de madera que había
dejado. Agonizante y el único con vida en ese momento era Leeuwenhoek, que
trataba de mantenerse a flote moviendo sus brazos y piernas. Estuvo en esa
situación varios minutos pero sentía que las fuerzas lo abandonaban. Mirando en
el cielo los rayos que iluminaban su rostro empapado por la incesante lluvia
pensaba en la ironía del destino, El
Tempestad destruido por una tormenta.
La vida lo abandonó minutos después. Su
cuerpo se hundió en las oscuras y frías aguas del Océano Índico, llevándose
consigo el último vestigio de uno de los piratas mas recordados de los mares
del mundo, no solo por su villanía, sino también, por sus hazañas.
Algo que escribí hace tiempo. Estoy pensando en la secuela....
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